
Nuevo capítulo en esa interminable lista de cosas que llevamos toda la vida haciendo mal. Una categoría que, es verdad, suele dar bastante rabia, pero que a veces desvela curiosidades que tampoco van a cambiar el curso de la historia, pero sí proporcionar algún que otro minuto de gloria en la mesa.
Hoy toca los baklava, esos dulces tradicionales con muchas capas de masa filo, frutos secos, mantequilla -en su calidad radica el resultado, dicen los que saben- y normalmente más almíbar del que me gustaría para poder comer más de uno sin empacharse.
Su origen de lo disputan varios países, pero el caso es que son muy populares en Turquía. Y en una reciente visita por Estambul descubrí que se comen justo al revés de como normalmente lo hacemos. De forma literal, ademas, porque hay que darles la vuelta entes de meterlos en la boca.
No se trata de ningún tipo de ritual o tradición, sino una cuestión práctica. De esta manera la parte más crujiente y pegajosa de la masa de la parte superior del baklava no se nos quedará pegada al paladar. Así de sencillo. No cambia el sabor, pero sí hace que la experiencia al comerlo sea algo mejor y, sobre todo, nos deja margen para hacernos los listos cuando surja la ocasión. Al final, para eso sirven este tipo de trucos, ¿no?
Por cierto, quienes visiten esta ciudad y quieren comer el que, dicen, es uno de los mejores baklava de Turquia deberían visitar Karaköy Güllüoğlu. Es verdad que nos faltan referencias y haber crecido comiéndolos como para que seamos capaces de distinguir uno bueno de uno excelente, pero merece la pena pasarse por alguna de las tiendas de esta firma.
Una auténtica institución cuando se habla en Turquía de este dulce, que llevan elaborando desde 1843. Algunas parecen muy pensadas para lucir en Instagram, pero la de la calle Muhmane tiene un estilo clásico de vieja pastelería que merece la pena ver.









